cuidados paliativosEspaña y Japón son dos sociedades en las que el envejecimiento extremo trae como consecuencia una ruptura del relevo generacional y un crecimiento acelerado de la necesidad de recursos paliativos y comunitarios y, por tanto, ambos países se enfrentan al reto de encontrar un modelo compasivo para atender a quien está en el final de su vida.

Un equipo de personas de cuatro universidades japonesas ha mantenido en Zaragoza un encuentro con personal de la Cátedra Dignia de Cuidados y Ecosistema Paliativo de la Universidad de Zaragoza para compartir experiencias y metodología de innovación sobre modelos de atención comunitaria o ciudades compasivas.

Las comunidades compasivas son una herramienta para mejorar la calidad de vida de la ciudadanía con necesidades paliativas, en fase avanzada de una enfermedad o al final de la vida y, a medio plazo, para ahorrar recursos al sistema sanitario.

Rogelio Altisent, director del proyecto Ecosistema Paliativo (Ecopal) de esta cátedra, define la comunidad compasiva, en una entrevista con EFE, como una iniciativa que supone la toma de conciencia de que la atención a las personas con enfermedad avanzada y en el final de vida «debe trascender al sistema sanitario», y enfatiza que la pretensión es que «el sufrimiento no pase desapercibido».

Redes de ayuda

Explica que para aliviar el sufrimiento y mejorar la calidad de vida es necesario activar a toda la comunidad y crear redes de ayuda. “Los profesionales sanitarios son esenciales, pero unos cuidados paliativos de calidad necesitan que el paciente y su familia reciban el apoyo de las redes comunitarias: los vecinos, los comercios, las farmacias, los servicios sociales, las residencias de mayores, las asociaciones de voluntarios… Allí donde se cruza la gente se debe promover y generar este espíritu de solidaridad”.

Son comunidades con «un inmenso radar de detección» de personas con necesidades paliativas que facilitan la implementación de medidas y recursos eficaces, tanto sanitarios como espirituales y de acompañamiento.

Insiste en que las comunidades compasivas tienen dos objetivos clave: control de síntomas y acompañamiento. Con el primero se busca regular el dolor, la disnea, la fatiga o las náuseas del paciente y con el segundo, “suplir la soledad”.

“Los dos elementos fundamentales son rodear de humanidad y dar calidad de vida a la vida de la gente”, asevera. Y para ello, el factor humano es esencial.

Un equipo de personas de cuatro universidades japonesas ha mantenido en Zaragoza un encuentro sobre modelos de atención comunitaria o ciudades compasivas.

Añade que Japón está viviendo una revolución demográfica y España va en esa misma dirección. “Si ahora mismo ya está muy tensado el sistema sanitario, esa revolución demográfica puede romper el sistema a la mitad”, afirma.

El índice de envejecimiento en España alcanzó su máximo histórico en 2025: hay 148 personas mayores de 64 años por cada 100 menores de 16. Según estudios realizados en Europa sobre prevalencia de enfermedades crónicas susceptibles de recibir cuidados paliativos, en sociedades con altas tsas de envejecimiento las necesidades paliativas afectan al 1,5 % de la población.

Para hacer frente a esta situación, Altisent apunta que tanto en España como en Japón se están implementando al menos media docena de comunidades compasivas que ya están arraigando en la sociedad.

Isidoro Jurado, patrono de la Fundación Dignia y presidente de la Asociación Málaga Abraza, habla, por ejemplo, del caso de un jubilado que vive solo: si desaparece una semana y nadie sabe de él existen recursos donde poder alertar y posteriormente un equipo evaluador, con previo consentimiento, se encarga de cubrir las necesidades de la persona necesitada.

“Todos tenemos compasión en la mente, pero para explorar la compasión, la gente necesita algún entrenamiento”, añade a EFE Satoko Otta, experta en co-creación y políticas de salud, referente en Japón.

Modelos flexibles

Ambos equipos han llegado a la conclusión de que no hay un modelo específico de comunidad compasiva. Es “flexible en España, es flexible en Japón y es flexible en la relación entre Japón y España”, pero comparten una característica en común: los seres humanos, afirma Altisent.

Shinichi Murota, líder del proyecto tecnológico “Chofu-Digital-Choju”, que destaca por el uso de la tecnología para combatir el aislamiento social en personas mayores, afirma por su parte que existe una regla 95-5. “Los profesionales solo pueden ofrecer el 5 % del cuidado de una persona en paliativos, el resto, el 95 %, tiene que ser ofrecido por los miembros de la familia o los miembros de la comunidad”.

Un equipo de personas de cuatro universidades japonesas ha mantenido en Zaragoza un encuentro sobre modelos de atención comunitaria o ciudades compasivas.

Revistas científicas demuestran, además, que las personas “bien cuidadas” en una comunidad compasiva ingresan menos en los hospitales, visitan menos los servicios de urgencias y tienen menos días de hospitalización. Esto significa un ahorro, pese a que no hay un objetivo economicista en estos proyectos.

El menor número de hospitalizaciones se debe a una “buena atención” de todo el entramado de la red social que aporta la comunidad compasiva. “Hay pacientes que necesitan el hospital, pero en otros casos, hay un exceso de frecuentación del hospital por falta de soporte social y comunitario”, añade Altisent. 

26 febrero 2026 | Fuente: EFE | Tomado de la Selección Temática sobre Medicina de Prensa Latina. Copyright 2026. Agencia Informativa Latinoamericana Prensa Latina S.A. | Noticia

trastorno disfórico premenstrualMás del 80 % de las mujeres en España ve condicionada su vida cotidiana y solo una de cada seis logra mantener su rutina diaria, según revela un macroestudio con más de 4 000 participantes que ha analizado cómo el estigma menstrual influye en la vida cotidiana, la participación social y el bienestar.

El trabajo, liderado por el Instituto Ingenio, centro mixto de la Universitat Politècnica de València (UPV) y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), muestra que sólo el 15,4 % de las participantes mantiene su vida cotidiana sin cambios durante la menstruación, según un comunicado del CSIC.

El impacto social de la menstruación

Esta investigación constituye la cuarta publicación de esta radiografía sobre la salud menstrual en España. Tras abordar la educación menstrual, el estigma y el acceso a la atención sanitaria, el nuevo artículo publicado en la revista BMC Women’s Health pone el foco en el impacto social de la menstruación en la vida cotidiana.

“La forma en que se vive no depende únicamente de los síntomas físicos, sino también del contexto social en el que ocurre”, destaca Sara Sánchez-López, investigadora del Ingenio (UPV-CSIC). Los resultados muestran que la menstruación sigue condicionando actividades cotidianas.

Solo el 15,4 % de las participantes —lo que representa aproximadamente a una de cada seis mujeres— afirma mantener su rutina sin cambios durante la menstruación, mientras que muchas adaptan su comportamiento debido al dolor, a sangrados abundantes o para evitar incomodidad o exposición.

Ante estos síntomas y situaciones, las estrategias más comunes incluyen cambios en la vestimenta —como evitar prendas blancas (48 %) o ciertos tipos de ropa (36 %)—, reducir la práctica deportiva (21 %) o limitar actividades como nadar o acudir a la playa (22 %).

El dolor es la principal razón que motiva estas estrategias de adaptación o incluso ausencias sociales y laborales. Sin embargo, los autores destacan que estas decisiones no responden únicamente al malestar físico. Factores como la ansiedad ante posibles manchas, la falta de espacios adecuados o el temor a reacciones negativas del entorno reflejan la persistencia de normas sociales relacionadas con una gestión de la salud menstrual estrictamente privada.

El estigma en el ámbito laboral y educativo

En el ámbito educativo y laboral, muchas participantes describen haber acudido a sus centros de estudio o trabajo pese a experimentar dolor intenso, náuseas o fatiga. En concreto, mientras que el 41 % de las encuestadas se ha ausentado en alguna ocasión por estos síntomas, un 44 % afirma no haber interrumpido su asistencia por motivos menstruales.

Los testimonios recogidos muestran que, incluso ante síntomas incapacitantes, algunas mujeres continúan asistiendo por miedo a perder el empleo o a ser percibidas como menos comprometidas.

“A menudo, el malestar menstrual no se reconoce como una necesidad legítima de apoyo, sino como algo que puede restar credibilidad. En un contexto donde la menstruación se ha usado para excluir a las mujeres de ciertos roles, mostrar vulnerabilidad puede percibirse como un riesgo colectivo”, apunta Sánchez-López.

El estudio recoge testimonios de burla y situaciones de humillación relacionadas con la menstruación que las participantes sitúan tanto en la adolescencia como en la vida adulta. En etapas tempranas, estas experiencias suelen manifestarse en forma de comentarios o ridiculización por parte de compañeros de clase o amigos, mientras que en la edad adulta se expresan con mayor frecuencia a través del rechazo o de actitudes condescendientes en el entorno cercano, como parejas o compañeros de trabajo.

Los resultados también muestran cómo la menstruación se ha utilizado para cuestionar o desacreditar emociones, decisiones o conflictos en contextos cotidianos, especialmente en el ámbito interpersonal o doméstico.

“Estas situaciones refuerzan estereotipos que vinculan la menstruación con falta de control emocional o irracionalidad, lo que puede traducirse en una menor credibilidad”, señala Rocío Poveda Bautista, investigadora de Ingenio y coautora del estudio.

Educación, información y empatía

Frente a estas barreras sociales y laborales, los resultados también identifican factores protectores que fomentan el bienestar, la salud y la resiliencia durante el ciclo menstrual.

El equipo investigador señala que contar con entornos comprensivos y flexibles —en el trabajo, la escuela o la familia— contribuye a reducir el impacto del estigma y facilita una mayor participación y bienestar.

“Las experiencias más positivas se asocian a contextos donde hablar de menstruación no genera incomodidad y donde se reconocen las necesidades físicas o emocionales vinculadas al ciclo”, afirma Santiago Moll López, del Departamento de Matemática Aplicada de la Universitat Politècnica de València y coautor del estudio. 

26 febrero 2026 | Fuente: EFE | Tomado de la Selección Temática sobre Medicina de Prensa Latina. Copyright 2026. Agencia Informativa Latinoamericana Prensa Latina S.A. | Noticia

marzo 2, 2026 | Carlos Alberto Santamaría González | Filed under: Medicina familiar y comunitaria, Obstetricia y ginecología, Psicología, Sociología | Etiquetas: , , , , |

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