Enfrentar a los niños, adolescentes y jóvenes en situaciones de estrés en las que tengan la sensación de control resulta muy adecuado para mejorar su adaptación y salud mental. Sin embargo es fundamental tener cuidado con los retos que se les colocan, pues pueden desencadenar efectos negativos cuando estos se ven como inasumibles.

Experiencias como el bullying o el maltrato en la infancia incrementan el riesgo de enfermedades mentales en la vida adulta. Unas dolencias que incluso pueden llegar a transmitirse de una generación a otra.

Una de cada cuatro bajas laborales está relacionada con algún tipo de trastorno mental en el mundo occidental. En España, dos de cada diez niños sufren un problema de este tipo. Y las estimaciones nos dicen que, en el año 2030, su coste global será superior a la suma conjunta de los gastos ocasionados por el cáncer, la diabetes y las enfermedades pulmonares. El impacto de las enfermedades mentales no se puede negar, por lo que resulta de vital importancia comprender y entender los procesos que las ocasionan. Uno de estos factores claves en todas ellas es el estrés.

Las experiencias estresantes durante la etapa prenatal, la infancia y la adolescencia tienen un fuerte impacto en el desarrollo de los individuos. Pueden llegar a superar las barreras generacionales, transmitiéndose de padres a hijos, e incluso de abuelos a nietos. Entender todas las implicaciones del estrés en el desarrollo es el eje central de la nueva convocatoria del B-Debate, que tuvo lugar en CosmoCaixa. Se trata de una iniciativa de Biocat y la Obra Social “la Caixa” en la que investigadores internacionales pudieron aportar luz sobre el tema.

Por ejemplo, en estas jornadas se exploraron los efectos a largo plazo ocasionados por el estrés, tanto positivos como negativos, la influencia y los efectos de las drogas y psicofármacos que se utilizan para tratar los trastornos mentales así como los efectos transgeneracionales. Se contó con personalidades destacadas en el campo de la investigación sobre trastornos mentales como Adolf Tobeña, Rachel Yehuda, Kerry Ressler o Isabelle Mansuy entre otros.

Estrés positivo y negativo
Aunque habitualmente se asocia el estrés con algo negativo, los últimos estudios están cambiando la forma de definirlo. Se ha empezado a hablar del estrés positivo como una herramienta que pueda ayudar a prevenir trastornos mentales en la etapa adulta. La línea que separa este estrés positivo del negativo es fina. No existen reglas fijas y depende mucho de cada individuo. “La clave está en el control de la situación, o más exactamente en la sensación de control. Situaciones de estrés en las que el individuo tenga esa sensación de poder superar el reto son muy beneficiosas a largo plazo” explicaba Carmen Sandi, investigadora de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza) en la rueda de prensa previa a las jornadas.

En todo esto resulta muy importante la figura del control parental. Una figura de autoridad que ofrezca al niño un apoyo y que supervise la situación. “Si el estrés se presenta de forma gradual, en una progresión lenta, con aproximaciones controladas a la situación estresante, veremos como el niño será capaz de afrontar cada vez situaciones más complicadas. Los retos controlables nos hacen evolucionar y madurar más rápidamente” comentaba Roser Nadal, investigadora del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona.

La dificultad estriba en saber encontrar ese difícil equilibrio entre lo que es asumible y lo que no. Porque las consecuencias de un estrés negativo en estas etapas pueden verse posteriormente en la edad adulta. No solo ya con el desarrollo de posibles enfermedades mentales, sino incluso también con enfermedades relacionadas con el sistema inmunológico y cardiovascular. Aunque los expertos se esfuerzan en ofrecer una visión optimista. La propia plasticidad, que hace al individuo tan vulnerable en estas primeras etapas de formación a los efectos perniciosos del estrés, juega al mismo tiempo a su favor, ya que facilita corregir esos mismos efectos con simples cambios ambientales.

Cambios fisiológicos
Los efectos del estrés no se limitan a producir trastornos psicológicos, sino que los últimos estudios demuestran que influye también a nivel epigenético como en aspectos neurobiológicos. En las últimas décadas se ha estudiado mucho como las experiencias negativas pueden modular y modificar el desarrollo del cerebro, aunque Carmen Sandi apunta a que faltarían más estudios que desvelaran como las experiencias positivas también influyen.

Entre los cambios que se producen en la fisiología del individuo, Sandi explicaba que el estrés produce variaciones en el balance entre inhibición y excitación que acaban conduciendo a cambios en la conducta. Así mismo también se han observado como influye en la micro y macro estructura del cerebro, con cambios en la mielinización. Una de las consecuencias en los adultos del estrés crónico es lo que se conoce como síndrome metabólico, que puede dar lugar a la obesidad. Situaciones de gran miedo o trauma en edad temprana pueden explicar estos cambios del metabolismo. Para Sandi el reto en los próximos años estará en desentrañar la complejidad de todos estos factores del desarrollo.

La herencia de la violencia
Otro de los puntos que generan un gran debate es acerca de la transmisión del estrés y la violencia. En los últimos dos o tres años se han presentado estudios muy claros y contundentes que evidencian que existen cambios epigenéticos que se transmiten de una a otra generación. Puede ser bien vía materna o paterna, y bien a través de los gametos o por la interacción entre madre e hijos. Ya en el año 2000 la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) advertía que uno de los factores de riesgo más alto para que un individuo desarrollase comportamientos violentos era haber sido objeto o presenciado esa propia violencia.

Se trata de un ciclo de violencia en el que hijos que han sufrido violencia transmiten esa agresividad patológica a sus propios hijos, incrementándose de generación en generación. Sin embargo todos estos cambios no son imposibles de atajar. Actuaciones positivas pueden romper esta transmisión intergeneracional. Cuando nacemos no estamos acabados del todo. Nuestro cuerpo dispone de toda una serie de sensores para controlar la situación. Si todo va bien, no necesitamos desarrollar un cerebro agresivo. Es en momentos de estrés negativo cuando estamos programados para sacarlo a la luz.
octubre 30/2016 (Diario Médico)

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