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	<title>Servicio de noticias en salud Al Día &#187; feminismo</title>
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	<description>Editora principal - Especialista en Información  &#124;  Dpto. Fuentes y Servicios de Información, Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas, Ministerio de Salud Pública &#124; Calle 27 No. 110 e M y N. Plaza de la Revolución, Ciudad de La Habana, CP 10 400 Cuba &#124; Telefs: (537) 8383316 al 20, Horario de atención: lunes a viernes, de 8:00 a.m. a 4:30 p.m.</description>
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		<title>Hay que acabar con el azul para niños y el rosa para niñas, son códigos cargados de información</title>
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		<pubDate>Wed, 06 May 2020 04:03:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Dra. María Elena Reyes González]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Neurología]]></category>
		<category><![CDATA[Psicología]]></category>
		<category><![CDATA[Sociología]]></category>
		<category><![CDATA[feminismo]]></category>
		<category><![CDATA[género y salud]]></category>
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		<category><![CDATA[neuroimagen]]></category>

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		<description><![CDATA[Gina Rippon, es experta en las técnicas de imagen que permiten asomarse al interior de nuestro cerebro y está harta de oír que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus. Ella creó el término neurobasura, con el que denuncia la mala ciencia que trata de justificar ideas obsoletas sobre la naturaleza de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Gina Rippon, es experta en las técnicas de imagen que permiten asomarse al interior de nuestro cerebro y está harta de oír que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus. Ella creó el término <em>neurobasura</em>, con el que denuncia la mala ciencia que trata de justificar ideas obsoletas sobre la naturaleza de unos y otras.<span id="more-83575"></span></p>
<p><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-83577" src="http://boletinaldia.sld.cu/aldia/files/2020/05/El-genero-y-nuestro-cerebro-150x150.jpg" alt="El genero y nuestro cerebro" width="150" height="150" />Gina Rippon (Essex, Reino Unido, 1950) es catedrática de Neuroimagen Cognitiva en el Aston Brain Centre de la Universidad de Aston, en Birmingham. Ha estado en Madrid, invitada por la Fundación Areces, para presentar su libro <a title="https://www.amazon.com/-/es/Gina-Rippon-ebook/dp/B084T8YLXY" href="https://www.amazon.com/-/es/Gina-Rippon-ebook/dp/B084T8YLXY" target="_blank"><em>El género y nuestros cerebros: La nueva neurociencia que rompe el mito del cerebro femenino</em></a>, publicado el 26 de febrero de 2020.</p>
<p>En su libro, Rippon explica por qué no existe un cerebro de hombre y otro de mujer, sino cerebros que van cambiando “<em>según las experiencias que el mundo te ha ofrecido hasta ese momento</em>”, empezando por el primer momento en el que vestimos a las niñas de rosa y a los niños de azul.</p>
<p>Llama al empeño en diferenciar el cerebro masculino del femenino &#8216;<em>el juego del topo</em>&#8216;, esa máquina recreativa en la que aplastas un topo con una maza, pero este vuelve a aparecer una y otra vez en otro sitio. Explíqueme la metáfora.</p>
<p>Es bastante gráfica: alguien asegura haber hecho un descubrimiento sobre cómo o por qué hombres y mujeres son distintos. Entonces llegan unos científicos y dicen: <em>“Bueno, eso no es exactamente así, no está nada claro o no hemos sido capaces de replicar esos resultados”</em>. Así que el supuesto descubrimiento queda descartado. Pero al día siguiente abres un periódico y, oh, ahí está de nuevo.</p>
<p><strong>¿Por qué esta idea vuelve una y otra vez?</strong></p>
<p>Porque encaja con cómo mucha gente vive su vida y ve el mundo, y por eso no les gusta demasiado cuando la ciencia dice <em>“oye, eso no es exactamente así&#8230;”</em>. El problema es que los primeros supuestos descubrimientos científicos que apoyaban esta idea encajaban con la sociedad del momento: mujeres y hombres tenían su lugar en el mundo y esos lugares eran muy diferentes entre sí. Los descubrimientos de esa época dieron respaldo científico a tales diferencias. Desde entonces muchos científicos han alertado de que aquellos estudios primitivos no se han podido replicar y de que <a href="https://www.agenciasinc.es/Reportajes/La-ciencia-busca-diferencias-entre-sexos-y-se-topa-con-los-prejuicios" target="_blank"><em>muchos trabajos posteriores no apoyan esa idea</em></a>.</p>
<p>Y aun así todavía reaparece de vez en cuando.</p>
<p>Estamos en el siglo XXI y aún nos encontramos con esas ideas e imágenes en libros de texto y en páginas web. Es algo que encaja con las creencias de mucha gente, así que se aferran a ello con mucha más fuerza y durante mucho más tiempo de lo que se aferrarían a una idea que les pareciese inapropiada. Es lo que se llama un sesgo de confirmación.</p>
<p>Muchos científicos han alertado de que aquellos estudios primitivos sobre cerebros femeninos y masculinos no se han podido replicar.</p>
<p>En la primera parte del libro habla de cómo se han intentado medir esas diferencias en los dos últimos siglos: primero el cráneo y su forma; luego el cerebro, su tamaño y su estructura; después las hormonas y sus variaciones; también la psicología y sus intentos por medir el comportamiento humano; para terminar, concluyendo que, o bien esos factores no se pueden medir, o bien las hipótesis de partida eran incompletas.</p>
<p>Sí, o las dos cosas.</p>
<p>En definitiva, que no está claro qué medir ni cómo medirlo a la hora de evaluar las diferencias cerebrales entre géneros.</p>
<p>Hubo un gran interés en estas mediciones cuando se empezó a estudiar el cerebro porque realmente no había otra forma de analizarlo. Lo único que se podía hacer era eso: pesarlo, medirlo, mirar algunas de sus partes&#8230;</p>
<p>Pero lo llamativo es que hoy seguimos igual. Utilizamos técnicas más sofisticadas, pero seguimos midiendo el tamaño del cerebro y sus estructuras. Miramos a determinadas áreas y decimos: “<em>Oh, vaya, tienes no sé qué parte más grande, eso quiere decir X”</em> y entonces viene otro y dice: <em>“No, pero tiene esta otra parte aun mayor, eso quiere decir Y”</em>. Y la verdad es que los científicos aún no saben lo que todo esto significa en términos de comportamiento o habilidades.</p>
<p>Después surgieron nuevas técnicas de imagen cerebral, más modernas y sofisticadas, pero la situación no mejoró demasiado. Apareció lo que usted llama la<em> neurobasura</em>.</p>
<p>Efectivamente. Nos emocionamos mucho con estas técnicas, los escáneres cerebrales, los TAC, porque prometían ser una ventana abierta para ver el cerebro en pleno funcionamiento. Así nacieron esos mapas de colorines del cerebro en libros y revistas en los que se suponía que veíamos activarse las distintas áreas con una tarea u otra&#8230; pero en realidad la filosofía no era muy distinta de la anterior, cuanto mayor o más activa tengas un área del cerebro, mejor serás en algo.</p>
<p>Y entonces surgieron los libros tipo L<em>os hombres son de Marte y las mujeres de Venus</em> y similares, que tuvieron muchísimo éxito porque supuestamente demostraban científicamente esas <em>diferencias cerebrales</em> por sexo en las que mucha gente cree y que han dado pie, por ejemplo, a iniciativas de educación segregadas por sexos: <em>los niños son más competitivos y las niñas más colaborativas</em>, de forma que lo mejor es educarlos por separado.</p>
<p>Creo que aquí la ciencia ha caído en la madriguera del conejo, con tanto mirar los tamaños, cuando hay formas mucho mejores de estudiar el cerebro y cómo funciona.</p>
<p><em>“La ciencia ha caído en la madriguera del conejo con tanto mirar los tamaños, cuando hay formas mucho mejores de estudiar el cerebro y cómo funciona”.</em></p>
<p>¿Como cuáles?</p>
<p>Formas más sutiles. El cerebro funciona a una escala de milisegundos. Sería mejor analizar el cerebro en el tiempo y cómo se conectan y desconectan sus partes, cómo pasa la información de unas a otras, etc. Creo que ahí es donde podemos encontrar las diferencias sexuales.</p>
<p>No niega entonces que haya diferencias sexuales en el cerebro. De hecho, en el libro lo dice:<em> sí, las hay, pero no son las que todo el mundo ha escuchado una y otra vez.</em></p>
<p>Sí creo que las hay, no soy una negacionista de las diferencias sexuales. Pero no son las que popularmente se cree y no vamos a encontrarlas si nos limitamos a medir el tamaño del cerebro y sus estructuras porque no creo que sean solo cuestión de anatomía ni que sean algo innato e inmutable marcado por los genes, sino que están determinadas por las influencias externas.</p>
<p>En el libro se refiere a esas diferencias como una profecía autocumplida. Explíqueme eso.</p>
<p>Hay un <a href="https://link.springer.com/article/10.1007/s11199-005-6765-0" target="_blank"><em>estudio</em></a> del que hablo a menudo que creo que es un gran ejemplo de esto. Se supone que la habilidad espacial, lo de leer los mapas y demás, es una característica típicamente masculina, algo en lo que los hombres se supone que son mucho mejor que las mujeres. Es una idea muy popular.</p>
<p>Se hizo una encuesta en Estados Unidos donde efectivamente se encontró esa diferencia por sexos en lo que se refiere a las habilidades espaciales. Pero los autores del estudio decidieron no quedarse ahí y separaron a los participantes, no por sexo, sino por su experiencia previa en el manejo de estas habilidades espaciales.</p>
<p><em>¿Con qué juguetes jugaron cuando eran niños y niñas? ¿Tuvieron juguetes de construcción? ¿Qué hobbies han tenido después? ¿En qué deportes les gusta participar? ¿Tienen ocupaciones relacionadas con el manejo del espacio?</em> Y encontraron que, si tenían en cuenta el entrenamiento, experiencia y cognición espacial, las diferencias sexuales desaparecían.</p>
<p>Así que no tiene nada que ver con el supuesto cerebro femenino que no sabe leer los mapas&#8230;</p>
<p>Claro que no. Tiene que ver con lo que sabes, con lo que has aprendido, con las experiencias que el mundo te ha ido ofreciendo hasta ese momento. Y creo que es un buen ejemplo de lo que son realmente las diferencias sexuales: características que surgen como resultado de que a los niños se les ofrecen más juguetes de construcción que a las niñas y por tanto se sienten más cómodos trabajando esas habilidades, lo cual termina siendo una buena explicación de por qué eligen con más frecuencia dedicarse a la ingeniería.</p>
<p><em>“Sí creo que hay diferencias sexuales, pero no son las que popularmente se cree y están determinadas por las influencias externas”</em></p>
<p>Entonces es algo sobre lo que podríamos influir.</p>
<p><em>Sí, creo que es una visión más optimista, porque si vemos que una influencia externa es dañina podemos intentar cambiarla. La clave está en que ahora sabemos que el cerebro es plástico, que cambia y se adapta, algo que no sabíamos hace treinta años.</em></p>
<p>Ahora tenemos nuevas formas de entender el cerebro y podemos aplicarlas para ver si realmente los cerebros son distintos o es que sufren cambios y adaptaciones distintas, lo que lleva a hombres y mujeres a terminar teniendo distintas expectativas, ambiciones y ocupaciones.</p>
<p>El proceso empieza cuando somos bebés. El cerebro de un recién nacido ya recopila información de su entorno y de las personas que hay en él, de si son hombres o mujeres y de cómo se comportan según esa clasificación.</p>
<p>Los cerebros de los bebés son auténticas esponjas.</p>
<p>Algunas de esas diferencias sexuales no son fáciles de evitar, como que (habitualmente) su primera cuidadora será su madre, es decir, una mujer. Pero a partir de ahí, ¿cómo podemos evitar que esa profecía se termine autocumpliendo?</p>
<p><em>“En la infancia el efecto de los estereotipos de género es fuerte y estos terminan formando parte de nuestras identidades, creencias y normas”.</em></p>
<p>Una cosa muy simple sería terminar con la costumbre del azul y el rosa. No más azul para los niños y rosa para las niñas. Parece una tontería y mucha gente no le da mayor importancia, pero esos colores tienen un significado, son un código poderosísimo cargado de información.</p>
<p>Sin darnos cuenta desde pequeños les hacemos constantemente este tipo de distinciones que los niños y niñas captan e interpretan porque están buscando información que les ayude a ubicarse y a sentirse parte de un grupo. Esta es la edad en la que el efecto de los estereotipos de género es más fuerte y al final terminan formando parte de nuestras identidades, creencias y normas sociales.</p>
<p>Los estereotipos, aunque tengan mala fama, también tienen su utilidad, según cuenta en el libro.</p>
<p>Sí, claro. Nuestro cerebro es una máquina de hacer predicciones que nos ayuden a navegar por la vida y siempre está buscando atajos. Los estereotipos son un tipo de atajo.</p>
<p>El libro de Rippon, traducido al castellano, invita a superar una visión binaria de nuestros cerebros.</p>
<p>Entonces podríamos argumentar que los estereotipos en realidad son algo bueno y que no hay por qué cambiarlos o eliminarlos.</p>
<p>Es un argumento que tiene su lógica, y que de alguna forma te encuentras cuando hablas con madres y padres que quieren que su hija o su hijo esté preparado para la sociedad en la que va a vivir, que encaje. Podríamos estar de acuerdo si el mundo fuese un lugar perfecto y feliz, si todo fuese bien.</p>
<p>Pero luego miras estadísticas sobre salud mental, el número de mujeres que padecen depresión, trastornos alimentarios o autolesiones, o el número de hombres que se suicidan&#8230; y está claro que esos estereotipos que nuestro cerebro utiliza como atajo no son buenos para todo el mundo.</p>
<p>Por otro lado, hay cuestiones relacionadas con la igualdad que también hay que tener en cuenta aquí, por ejemplo, por qué las mujeres están infrarrepresentadas en la ciencia. La ciencia necesita desesperadamente científicos de cualquier tipo, así que el hecho de que el 52 % de la población piense que la ciencia no es para ellas es malo para la ciencia y para todos.</p>
<p>“Criamos a los niños para ser valientes y a las niñas para ser perfectas. Así las chicas no quieren empezar algo en lo que se pueden equivocar, ¡pero ese es el modo en que avanza la ciencia!”</p>
<p>Sobre el tema de las mujeres y la ciencia hay un intenso debate. Unos defienden que existe un sesgo que aparta a las mujeres de las carreras científicas y contra el que hay que pelear, y otros opinan que todos somos libres de elegir y que si las mujeres prefieren otras carreras hay que dejarlas en paz. ¿Usted qué opina?</p>
<p>Pues que si eso fuese verdad, si de verdad fuesen libres para elegir, por supuesto que diría “ok, es su elección”. Pero cuando analizas qué es lo que aleja a la gente de determinadas elecciones, por qué toman las decisiones que toman, te das cuenta, entre otras cosas, de que la ciencia tiene una cultura muy misógina, y que si te fijas en cómo se mide el éxito en la ciencia, efectivamente existe un sesgo que perjudica a las mujeres.</p>
<p>Reshma Saujani, impulsora de la iniciativa <a href="https://girlswhocode.com/" target="_blank"><em>Girls Who Code</em></a><em>  </em>(<em>chicas que programan</em>) dijo una vez que criamos a los niños para ser valientes y a las niñas para ser perfectas. Así las chicas no quieren hacer algo en lo que se pueden equivocar, ¡pero precisamente ese es el modo en que avanza la ciencia! Por no hablar de que todas hemos oído a científicos e ingenieros protestar cuando empresas como Google tratan de reclutar a más mujeres. “¡Pero si no tienen las habilidades adecuadas!”, etc.</p>
<p>Así que volvemos al inicio:<em> ¿realmente es una elección libre si en una de mis opciones me están dejando claro que no me quieren allí, que me van a penalizar si me equivoco y que no me van a recompensar si acierto?</em> Porque esto último también ocurre: el año pasado un matrimonio ganó el Premio Nobel de Economía y hubo una nota de prensa anunciándolo en la que el marido aparecía con su nombre completo y su título, y ella era descrita como “su mujer”. ¡En 2019!</p>
<p><a title="https://www.agenciasinc.es/Entrevistas/Hay-que-acabar-con-el-azul-para-ninos-y-el-rosa-para-ninas-son-codigos-cargados-de-informacion" href="https://www.agenciasinc.es/Entrevistas/Hay-que-acabar-con-el-azul-para-ninos-y-el-rosa-para-ninas-son-codigos-cargados-de-informacion" target="_blank"><strong>mayo 05/2020 (SINC)</strong></a></p>
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		<title>La ciencia hecha por mujeres presta más atención al sexo en los estudios médicos</title>
		<link>https://boletinaldia.sld.cu/aldia/2019/03/08/la-ciencia-hecha-por-mujeres-presta-mas-atencion-al-sexo-en-los-estudios-medicos-2/</link>
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		<pubDate>Fri, 08 Mar 2019 05:02:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Dra. María Elena Reyes González]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Sociología]]></category>
		<category><![CDATA[feminismo]]></category>
		<category><![CDATA[género y salud]]></category>
		<category><![CDATA[mujeres]]></category>

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		<description><![CDATA[El mero hecho de que en una investigación biomédica participen mujeres hace más probable que el trabajo contemple un análisis de sexo y de género como factores que afectan a la salud, lo cual mejora la calidad de la ciencia. Lo han probado investigadores de las universidades de Stanford, Estados Unidos y Aarhus, Dinamarca después [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">El mero hecho de que en una investigación biomédica participen mujeres hace más probable que el trabajo contemple un análisis de sexo y de género como factores que afectan a la salud, lo cual mejora la calidad de la ciencia. Lo han probado investigadores de las universidades de Stanford, Estados Unidos y Aarhus, Dinamarca después de analizar más de un millón y medio de artículos científicos. “<em>Investigar de manera errónea cuesta vidas y dinero</em>”, advierte una de las autoras.<span id="more-74221"></span></p>
<p style="text-align: justify"><img class="alignleft wp-image-74222 size-thumbnail" title=" La ciencia hecha por mujeres presta más atención al sexo en los estudios médicos" src="http://boletinaldia.sld.cu/aldia/files/2019/03/igualdad-de-derechos-150x132.jpg" alt=" La ciencia hecha por mujeres presta más atención al sexo en los estudios médicos" width="150" height="132" />Hombres y mujeres no son iguales en lo que respecta a la incidencia de enfermedades, la eficacia de los tratamientos y los efectos secundarios. Sin embargo, sexo y género son factores olvidados por los ensayos biomédicos, donde los sujetos de estudio suelen ser masculinos, tanto si se trata de animales de laboratorio como con pacientes humanos. Un trabajo publicado en la revista <a title="http://nature.com/articles/doi:10.1038/s41562-017-0235" href="http://nature.com/articles/doi:10.1038/s41562-017-0235" target="_blank"><em><strong>Nature human</strong></em></a> behaviour concluye que es más probable que una investigación tenga en cuenta estos importantes detalles si hay alguna mujer entre sus autores.</p>
<p style="text-align: justify">El análisis bucea en un millón y medio de estudios médicos para comparar la presencia de autoras en investigaciones con y sin análisis de género y sexo (GSA, por sus siglas en inglés). El objetivo: responder a la pregunta de si hombres y mujeres incorporan por igual estos análisis a sus investigaciones.</p>
<p style="text-align: justify">Cuando no se presta atención a las diferencias de sexo y género en medicina, se pone en riesgo la salud de las mujeres</p>
<p style="text-align: justify">“Para asegurar que los resultados son precisos para hombres y mujeres, es crucial mirar las posibles variaciones de género y sexo”, explica a Sinc Mathias Nielsen, investigador de la Universidad de Aarhus (Dinamarca) y coautor del estudio. “En algunas áreas estas diferencias pueden ser pequeñas. En otras, su comprensión puede mejorar el diagnóstico y prevención de enfermedades”.</p>
<p style="text-align: justify">Cuando no se presta atención a estas diferencias, comienzan los problemas. “Investigar de manera errónea cuesta vidas y dinero”, asegura la investigadora de la Universidad Stanford  y coautora del artículo, Londa Schiebinger. Cita un <a title="http://www.gao.gov/products/GAO-01-286R" href="http://www.gao.gov/products/GAO-01-286R" target="_blank"><em>informe publicado</em></a> por el Gobierno de Estados Unidos en 2001 que señalaba que, de los últimos diez fármacos retirados, ocho suponían un riesgo mayor para la salud de las mujeres.</p>
<p style="text-align: justify">Ignorar el sexo cuesta dinero y vidas</p>
<p style="text-align: justify">Este mayor riesgo se podría haber evitado con la incorporación de GSA a los ensayos clínicos. “<em>El desarrollo de un fármaco cuesta miles de millones de dólares y, cuando fallan, causan muerte y sufrimiento. No podemos permitirnos estos fallos</em>”, añade Schiebinger.</p>
<p style="text-align: justify">Uno de los ejemplos más conocidos de estas diferencias es el de las enfermedades cardiovasculares. Cada año mueren más mujeres que hombres por problemas de corazón, pero los <em>ensayos clínicos</em> siguen siendo predominantemente masculinos.</p>
<p style="text-align: justify">Un patrón que se extiende a los ensayos de otras enfermedades como el <a title="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/23674318" href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/23674318" target="_blank"><em>cáncer</em></a>, a la investigación con <a title="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3008499/" href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3008499/" target="_blank"><em>animales</em></a><em>  </em> e incluso con <a title="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/24196532" href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/24196532" target="_blank"><em>células</em></a>.  La lista de ejemplos es larga: un estudio con ratones publicado en la revista ‘<strong><a title="http://genome.cshlp.org/content/16/8/995.abstract" href="http://genome.cshlp.org/content/16/8/995.abstract" target="_blank"><em>Genome Research</em></a></strong>’    en 2006 mostró que el hígado es uno de los órganos con más diferencias entre machos y hembras. La variación es importante, al ser el lugar donde se metabolizan los fármacos. En 2014, la<a title="https://www.fda.gov/drugs/drugsafety/ucm334041.htm" href="https://www.fda.gov/drugs/drugsafety/ucm334041.htm" target="_blank"><em> FDA</em></a> tuvo que advertir de los efectos del tranquilizante zolpidem sobre la conducción, sobre todo en mujeres: “Parecen más susceptibles a este riesgo porque eliminan el fármaco con más lentitud que los hombres”. Por ello, recomendaba que las pacientes redujeran la dosis a la mitad.</p>
<p style="text-align: justify">Cada año mueren más mujeres que hombres por problemas de corazón, pero los ensayos clínicos siguen siendo masculinos</p>
<p style="text-align: justify">Un culpable poco evidente de la mala representación de las mujeres en los ensayos clínicos es la talidomida. Este sedante provocó el nacimiento de miles de bebés con focomelia (extremidades cortas o inexistentes) y llevó a la FDA a excluir a todas las mujeres en edad fértil de los estudios.</p>
<p style="text-align: justify">No solo ellas sufren las consecuencias. Nielsen considera importante enfatizar que los análisis de género y sexo “<em>pueden mejorar la salud tanto de las mujeres como de los hombres</em>”. El investigador pone como ejemplo el caso de la <a title="https://www.nature.com/articles/boneres20141" href="https://www.nature.com/articles/boneres20141" target="_blank"><em>osteoporosis</em></a>, una enfermedad en la que son ellos los mal representados.</p>
<p style="text-align: justify">“<em>La mayor parte de la investigación en este campo se centra en las mujeres, pero un tercio de los pacientes diagnosticados con fracturas de cadera relacionadas con esta enfermedad son hombres ancianos</em>”.</p>
<p style="text-align: justify">Los autores destacan la “<em>relación simbiótica</em>” debida a la relación entre la diversidad de género en el campo académico y los frutos que esto da a la investigación. Aseguran que el trabajo “<em>aporta pruebas empíricas</em>” de cómo la presencia de mujeres en ciencia aumenta su calidad.</p>
<p style="text-align: justify">Ellas también se olvidan</p>
<p style="text-align: justify">Según los autores, aunque las investigadoras tienden a incorporar el análisis de género y sexo en mayor medida que sus homólogos masculinos, ninguno de ellos lo aplica en demasía. “T<em>anto hombres como mujeres tienden todavía a pasar por alto la importancia de esta perspectiva</em>”, dice Nielsen. Aun así, “<em>la probabilidad de incorporar GSA aumenta con la participación de mujeres</em>”, hasta un 30% en comparación con sus compañeros.</p>
<p style="text-align: justify">El problema toma otra dimensión si tenemos en cuenta que el <a title="http://www.agenciasinc.es/Noticias/Por-cada-articulo-cientifico-firmado-por-una-mujer-como-autora-principal-hay-dos-liderados-por-hombres" href="http://www.agenciasinc.es/Noticias/Por-cada-articulo-cientifico-firmado-por-una-mujer-como-autora-principal-hay-dos-liderados-por-hombres" target="_blank"><em>estudio</em></a> también corrobora la brecha de género: las investigadoras representan el 40% de las primeras autoras, el 27% de las últimas y, en general, suponen un 35% de los firmantes en el campo de la medicina. Nielsen explica estas diferencias por la noción de que este campo es cosa de mujeres: “<em>Las expectativas culturales son difíciles de cambiar, aunque cualquier persona pueda ser entrenada para integrar estos análisis en su trabajo</em>”.</p>
<p style="text-align: justify">“<em>Es necesario incluir el sexo como una variable biológica si queremos hacer ciencia de calidad</em>”, afirma la investigadora</p>
<p style="text-align: justify">Sin embargo, la mayor presencia de investigadoras es solo una parte de la solución. Tanto Nielsen como Schiebinger destacan la importancia de que los organismos responsables de la financiación animen a incorporar GSA en la investigación médica. “Es necesario incluir el sexo como una variable biológica si queremos hacer ciencia de calidad”, afirma la investigadora.</p>
<p style="text-align: justify">Por este motivo, el National Institutes of Health de Estados Unidos NIH) solicita desde 2016 que toda la investigación pública incorpore GSA, algo similar a lo que pide su homólogo canadiense desde 2010 y la Comisión Europea desde 2013. “<em>Una evaluación reciente de Canadá indica que estas medidas son efectivas, y las revistas médicas ya empiezan a pedir estos análisis. Será interesante estudiar los efectos a largo plazo de estas medidas</em>”, añade Nielsen.</p>
<p style="text-align: justify">Unas medidas que deben comenzar en clase. “<em>Podemos solucionar este problema si educamos sobre los análisis de sexo y género en las universidades de medicina</em>”, asegura Schiebinger. El problema, en su opinión, es que el hospital universitario Charité de Berlín, Alemania es, de momento, el único centro que los incorpora a su currículo.</p>
<p style="text-align: justify"><a title="https://www.agenciasinc.es/Reportajes/La-ciencia-hecha-por-mujeres-presta-mas-atencion-al-sexo-en-los-estudios-medicos" href="https://www.agenciasinc.es/Reportajes/La-ciencia-hecha-por-mujeres-presta-mas-atencion-al-sexo-en-los-estudios-medicos" target="_blank"><strong>marzo 07 /2019 (SINC)</strong></a></p>
<p style="text-align: justify"><strong>Referencia bibliográfica:</strong></p>
<p style="text-align: justify"><a title="https://www.nature.com/articles/s41562-017-0235-x" href="https://www.nature.com/articles/s41562-017-0235-x" target="_blank"><strong><em>One and a half million medical papers reveal a link between author gender and attention to gender and sex analysis</em></strong></a></p>
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