A simple vista, la pandemia de SIDA y la de la COVID no tienen mucho más en común que el estar causadas por virus, haber llegado hasta el último rincón del mundo. Al mirar con un poco más de detalle, sin embargo, se pueden establecer más nexos, como el miedo que han generado; la urgencia por contar con tratamientos que eviten muertes; cómo han puesto de relieve la importancia de la salud pública, y el impacto en las relaciones personales.

VIH COVIDComo muchos otros compañeros sanitarios, los especialistas en enfermedades infecciosas han visto sobrevenir en los últimos meses la pandemia de la COVID-19.

Algunos de ellos contaban con la experiencia de haber empezado a tratar una “nueva” enfermedad, el SIDA (síndrome de inmunodeiciencia adquirida), en la década de los 80. Cuatro décadas después, la forma de abordar la infección por el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), poco tiene que ver con la de entonces, si bien los médicos que se dedican a este campo siguen compartiendo una perspectiva integral de su trabajo en la que abarcan junto a aspectos científicos otros del ámbito social.

La doble lucha contra la pandemia del SIDA y la de la COVID permite extraer algunas reflexiones útiles, como las que surgen a lo largo de esta conversación entre dos especialistas en Enfermedades Infecciosas recogida en la serie #Admirables de Diario Médico y Correo Farmacéutico.

Se describen los primeros casos de sida, cinco jóvenes en Los Angeles con una “extraña neumonía” detallada en Morbidity and Mortality Weekly Report, de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades​ (CDC),  puede marcar.

Sergio Serrano tenía muy claro desde la universidad que quería dedicarse al VIH/SIDA. Hasta el punto de dejar un contrato en un hospital para incorporarse con una beca de investigación a uno de los equipos de referencia en este ámbito, el que dirige Santiago Moreno en el Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid.

El primer paciente con VIH que vio Serrano, cuando aún estudiaba la carrera en 2002, estaba ingresado por un linfoma cerebral primario. Moreno recuerda el impacto que le causó otro de sus primeros pacientes con VIH, que trató mientras hacía la especialidad en el Ramón y Cajal: era un joven afectado por un sarcoma de Kaposi, muy delgado. Pronto vieron que también su pareja, que en principio solo le acompañaba en la habitación del hospital, presentaba una linfadenopatía reactiva. Corría el año 1984 y ya asomaba la epidemia que en España afectaría a muchos usuarios de drogas. “Todavía no existía el test del VIH. Diagnosticábamos por la clínica y la epidemiología”, recuerda el jefe de Enfermedades Infecciosas del Ramón y Cajal.

En esos primeros momentos no había miedo, sino pánico: “Algunos se negaban a operar de apendicitis a chicos con SIDA, porque, total, si no iban a vivir… , había médicos y personal sanitario que no querían acercarse a estos enfermos, porque temían el contagio”.

El miedo es un denominador común en ambas infecciones, pero con matices, porque “en el caso del sida pronto se reconoció que había grupos de riesgo y eso generó un estigma social hacia determinadas personas, y también mucho sufrimiento, que aún se ve hoy en día”, dice Serrano.

Serrano: “Los profesionales que trataban el SIDA en el inicio estaban dispuestos a superar ciertas barreras mentales, mientras que con la COVID ha tenido que implicarse todo el mundo”

Moreno opina que “lo que vimos en el inicio del SIDA fue a gente que daba un paso atrás, alegando que no era su especialidad. Ahora, en cambio, todos han dado un paso hacia adelante, ha imperado la idea de que estamos en el mismo barco”.

A lo que Serrano aduce que “en la COVID el miedo ha sido masivo. Desde el principio se ha visto que el coronavirus era fácilmente transmisible, incluso entre asintomáticos, y eso ha despertado recelo tanto en la población como entre los trabajadores sanitarios. Antes de que la COVID estallara aquí, habíamos visto a médicos muertos por neumonía en China. Los sanitarios hemos sido el colectivo de riesgo principal al estar en primera línea y al principio, la falta de material de protección ha generado miedo. Ha sido habitual ver a médicos y enfermeros llorando por la situación, por el temor de poner en riesgo a sus familiares; eso, psicológicamente, es muy duro. Los profesionales que trataban el sida en el inicio estaban dispuestos a superar ciertas barreras mentales, mientras que con la COVID ha tenido que implicarse gente que no tiene esa capacidad de superar el miedo atávico al contagio”.

Un mensaje claro y unívoco desde las autoridades competentes contribuye a disipar temores innecesarios. Moreno recuerda las hipótesis, a principios de la década de 1990, sobre una posible transmisión del retrovirus a través de la saliva o incluso por la picadura de un mosquito. Eran afirmaciones infundadas que coleaban durante meses. Todo eso cambió con la campaña del “sí-da, no-da” lanzada desde las administraciones. “Dejaba bien claro qué debía evitarse y qué no, y el mensaje llegó muy bien, especialmente, a la gente joven”. Por eso opina que “es importante que desde la administración sanitaria haya una voz firme y con rigor científico que dé tranquilidad a la población. Recientemente, las sociedades científicas han reivindicado ser escuchadas por los responsables políticos. “Lo cierto es que en los 80 nos hacían aún menos caso”, reconoce Moreno. “Incluso se estigmatizaba a los que trabajaban en el VIH, y aún hoy en algunos países ocurre así”, añade Serrano.

El responsable de Enfermedades Infecciosas es crítico con la falta de previsión: “En la segunda ola no se ha actuado con contundencia para controlar la extensión de los brotes. Desde el principio se sabía que los brotes eran inevitables, porque no había desaparecido el virus ni todas las conductas que favorecen su transmisión. Por eso, era necesario tomar medidas para controlar la extensión de los brotes: con estudio de contactos, dispositivos de rastreo y seguimiento”.

Al hilo, Serrano apunta que “no se puede estar siempre al límite de recursos y con plantillas raquíticas. Hay que asumir que en algunas áreas vale más estar sobredimensionado que lo contrario”.

Un riesgo generalizado

El coronavirus no tiene la altísima tasa de mortalidad que acompañaba al VIH al principio, pero sí puede ser letal en determinados grupos etarios y en personas con ciertas patologías. En el inicio de la primera ola, les preocupaban sus pacientes, pues pensaban que tendrían más riesgo al tener el VIH, pero “luego se ha visto que no era así. Se llegó a pensar que estos pacientes no se infectaban porque tenían más cuidado. Parece que uno de los antirretrovirales, el tenofovir TDF, que se ha ido sustituyendo en los regímenes terapéuticos por otro menos tóxico, podría evitar la infección. Entre los que lo tomaban, se han detectado menos infecciones y si las ha habido, eran menos graves. Ahora está investigando el posible papel de este fármaco”, comenta Moreno.

Al margen de los grupos de riesgo, la COVID puede golpear con fuerza a todo tipo de personas. En la primera ola, ambos contrajeron la infección, casi al mismo tiempo; a Santiago Moreno el coronavirus le llevó a cuidados intensivos. Ahora hasta bromean con aquellos malos días:  “Ninguno ha estado tan enfermo en la vida”, dice Serrano.

Urgencia por tener tratamientos

La sensación de urgencia que se está viviendo ahora para investigar también recuerda de alguna manera a la investigación en tratamientos al inicio del VIH. En Estados Unidos, se hicieron reformas para acelerar los procesos de ensayo de los antirretrovirales. Al igual que ahora está ocurriendo con las vacunas para la COVID, comenta Serrano, “la aprobación del AZT fue hasta ese momento la más rápida que había alcanzado un fármaco”.

Este especialista reconoce que con la COVID “ha sido difícil para los médicos aceptar que estábamos en una situación desesperada y teníamos que ofrecer a los pacientes lo que pensábamos que podía funcionar y conciliarlo con la calidad de la información de la que disponíamos inicialmente. El esfuerzo para encontrar tratamientos está siendo inmenso. Hoy el problema es que un hospital no puede cubrir la oferta de ensayos clínicos”, y asume que de haber contado con una historia clínica electrónica única y uniforme en España habrían podido abordar hipótesis para la investigación de forma más rápida.

En los primeros años del SIDA, en cambio, la ausencia de tratamientos específicos y de reposicionamientos farmacológicos llevó a los pacientes, primero en Estados Unidos, y después en otros países, a unirse en movimientos activistas que se ganaron una posición en el diseño de los ensayos. En las reuniones de los  National Institutes of Health (NIH) y la Adminstración de Medicamentos y Alimentos de los Estados Unidos (FDA), opinaban, aunque sin voto. “Ante la desesperación, proponían experimentar con productos no contrastados”, relata Moreno. Entre otros, fue sonado cómo recurrieron al compuesto Q (un derivado de una planta) “que había demostrado in vitro gran actividad frente al VIH y que ellos pensaban que no se investigaba porque no era rentable para las farmacéuticas”. Aun así, se conseguía clandestinamente, pero su alta toxicidad provocó algunas muertes, lo que obligó a los NIH a publicar  una advertencia sobre sus riesgos.

Con la COVID, el grado de desesperación ha alcanzado a los clínicos, continúa Serrano, “como refleja el hecho de que no solo entre dos países distintos o dos comunidades autónomas, sino que en un mismo hospital, dos médicos ofrecían tratamientos diferentes. Eso era el resultado de que querías hacer algo por los pacientes, lo que fuera. La necesidad de un liderazgo científico es una lección que debemos aprender”.

Hay puntos en común, pero entre las muchas diferencias que distancian al SARS-CoV-2 del VIH destaca que la infección por el VIH no es curable. Mientras que el coronavirus se elimina del organismo, el VIH destruye el sistema inmune, dejando al paciente completamente indefenso. Para detener la pandemia es necesaria una vacuna eficaz –o una inmunización generalizada, algo que podría estar pasando en Madrid, desliza Moreno-. Las últimas noticias sobre las vacunas de la COVID invitan a la esperanza, con todas las cautelas. Sin embargo, décadas de investigación no han sido suficientes para hallar una vacuna preventiva del VIH, un virus que es “todo un desafío”. No es que sea imposible, pero “ya hemos vivido muchas decepciones”, reconoce Moreno. Aún no sabemos si habrá vacunas y tratamientos que erradicarán el nuevo virus o si finalmente curarán el VIH, lo que seguro habrá son médicos y científicos que no van a dejar de intentarlo

 noviembre 21/2020 (Diario Médico)

noviembre 22, 2020 | Dra. María Elena Reyes González | Filed under: Congresos/Eventos/Conferencias, Problemas de Salud |

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